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Cada vez hay más terrazas y balcones en España que dedican una parte de su superficie a cultivar algo comestible. El huerto urbano ha dejado de ser una rareza para convertirse en una práctica habitual, impulsada tanto por el precio de los frescos en el supermercado como por esa satisfacción difícil de explicar que tiene ponerse a comer algo que uno mismo ha plantado. Y dentro de todas las opciones posibles —lechugas, pepinos, hierbas aromáticas— el tomate sigue siendo el cultivo más querido y más solicitado. Probablemente porque la diferencia entre un tomate de terraza y uno de lineales refrigerados es tan evidente que, una vez que lo pruebas, resulta difícil volver al otro.
El problema es que la tomatera es también una planta exigente. Entre los cuidados de la tomatera, hay que destacar el sol, agua regular, tutores cuando empieza a crecer y un sustrato rico. Todo eso se sabe. Lo que no siempre se tiene en cuenta es que el entorno vegetal inmediato de las tomateras influye bastante más de lo que parece en el resultado final de la cosecha. No se trata de superstición ni de jardinería esotérica: la llamada asociación de cultivos es una práctica antigua y documentada que consiste en combinar especies que se benefician mutuamente, o que al menos no se perjudican entre ellas.

Si hay una planta que aparece de forma recurrente en cualquier conversación sobre cultivo de tomates, esa es la albahaca. Y no solo porque en la cocina formen una de las combinaciones más clásicas de la gastronomía mediterránea, sino porque en el huerto también se llevan bien. La albahaca desprende un aroma intenso que ayuda a confundir o alejar ciertos insectos que suelen rondar las tomateras durante los meses más cálidos. No es una solución infalible ni un escudo invisible, pero muchas personas la usan para reducir la presencia de algunas plagas sin necesidad de recurrir a productos químicos.
Además de eso, la albahaca tiene una gran ventaja práctica: ocupa poco espacio. Se puede plantar directamente entre las tomateras o en los bordes del bancal, aprovechando la superficie sin que las dos plantas compitan en exceso. Y comparten necesidades de cultivo casi idénticas: las dos agradecen una ubicación soleada, temperaturas cálidas y un riego constante, lo que simplifica bastante el mantenimiento conjunto.

Las caléndulas son quizás la segunda opción más popular para asociar con tomates. Sus flores de colores vivos atraen insectos beneficiosos y polinizadores, contribuyendo a crear un ecosistema más activo y equilibrado alrededor de las tomateras. Pero su función no es solo decorativa: colocadas en los bordes del huerto ayudan a diversificar el entorno y a fomentar esa variedad biológica que hace a las plantas más resistentes en general.
Los tagetes, visualmente muy similares a las caléndulas, se cultivan con frecuencia cerca de las hortalizas por razones parecidas. Su presencia ayuda a mantener alejados ciertos organismos perjudiciales para las raíces y atrae insectos que pueden resultar beneficiosos para el conjunto del huerto. Ambas flores son además fáciles de conseguir, baratas y bastante resistentes, lo que las convierte en una apuesta cómoda para quien se inicia en la asociación de cultivos.

Las plantas de la familia de las aliáceas —cebollino, cebolla, ajo— son otro recurso habitual en los huertos asociados con tomate. Desprenden compuestos aromáticos que resultan poco atractivos para algunos insectos y añaden diversidad al espacio de cultivo, algo siempre positivo. Se pueden distribuir de forma alterna entre las tomateras o plantarse en pequeñas líneas alrededor de la zona principal.
El perejil es otra alternativa interesante, aunque por una razón diferente: cuando llega a la fase de floración atrae insectos polinizadores cuya presencia favorece la actividad biológica del huerto. Es una hierba culinaria de uso cotidiano, fácil de cultivar en maceta y que no ocupa espacio relevante. Combinar varias de estas especies aromáticas alrededor de las tomateras puede ayudar a crear una pequeña barrera natural sin ningún coste adicional.
Elegir las plantas adecuadas es solo la mitad del trabajo. La otra mitad está en colocarlas bien. La albahaca funciona mejor plantada a una distancia de entre 20 y 30 centímetros de las tomateras: así recibe suficiente luz y no compite por el espacio ni por los nutrientes. Las caléndulas y los tagetes se ubican habitualmente en los bordes del huerto o del bancal, donde además de cumplir su función práctica aportan un aspecto más atractivo al conjunto.
Para el ajo, el cebollino o la cebolla, lo habitual es distribuirlos de forma alterna entre las tomateras o crear pequeñas líneas perimetrales. El objetivo en todos los casos es aprovechar el espacio disponible sin generar una densidad excesiva. Este es uno de los errores más frecuentes en los huertos urbanos: intentar llenar cada rincón hasta que las plantas no tienen espacio para respirar. Cuando las tomateras reciben menos ventilación, aumenta el riesgo de enfermedades relacionadas con la humedad, que son precisamente las que más problemas dan durante los meses cálidos.
Fotografías | Ünal Aslan para Pexels, valeria_aksakova para Pexels, Jhovani Morales, Wiktoria Rynkiewicz
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La noticia
Qué hay que plantar al lado de los tomates para que crezcan más sanos y grandes que nunca
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por
Nacho Viñau Ena
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Escrito por Redacción Terra FM
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