TERRA 95.5 FM Las Terrenas | República Dominicana
Hace tan solo cinco años, la Academia de Hollywood estaba tan perdida que lo único que se les ocurrió para revitalizar la agonizante gala de los Óscars fue… dejarla sin presentador. No funcionó, por supuesto, así que fueron probando de aquí y de allá: tanto el trío de Amy Schumer, Regina Hall y Wanda Skyes como el retorno de Jimmy Kimmel dieron buenos resultados, pero faltaba un buen líder que se sintiera como pez en el agua y no como una imposición. Un Billy Crystal, un Whoopi Goldberg, alguien nacido para presentar los premios. Y entonces llegó Conan O’Brien.
Hacía más de una década que una gala de los Óscar no arrancaba con la fuerza de la de este año, en la que Conan ha podido hacer, tras probar su valía el año pasado, lo que le ha dado la gana. Y, como hizo Crystal en su momento, ha comenzado metiéndose dentro de las películas nominadas, ataviado como la Tía Gladys («Parezco Bette Davis con lupus»). Perseguido por los niños, se ha colado en ‘F1’, ‘Marty Supreme’, ‘Hamnet’, ‘Una batalla tras otra’, ‘Las Guerreras K-Pop’, ‘Valor Sentimental’, ‘Los Pecadores’ e incluso en la propia ceremonia. Es pura guasa, puro goce, puras ganas de estar ahí: es imposible no querer a Conan.
Cada una de sus frases en el monólogo inicial ha dado en el clavo, desde «Estoy honrado de ser el último presentador humano de los Óscar» hasta «Está con nosotros Ted Sarandos, y es emocionante: ¡Es la primera vez que pisa un cine! De esto es de lo que estaban hablando». Sin embargo, no ha dejado la reivindicación de lado, mostrando que uno puede seguir siendo gracioso mientras muestra sus ideales. ¿Eh, Premios Goya? Ha tenido tiempo para hablar sobre el cuidado de la salud en Estados Unidos a cuenta de ‘Hamnet’, los papeles de Einstein («No hay británicos nominados, pero han afirmado ‘Al menos nosotros arrestamos a nuestros pedófilos'») e incluso ha tenido un momento más serio para recordar que las películas se hacen juntando a gente de distintas procedencias y reivindicando, ya de paso, el optimismo.
El monólogo inicial, uno de los mejores que se ha hecho, en general, en una entrega de premios, tenía el tono tan bien modulado que, en lugar de dejarnos con un toque serio, ha terminado por todo lo alto, con un número musical en el que Conan ha imaginado cómo sería si ganara el premio a «Mejor logro», convirtiéndole en el Rey de los Óscar, con el Papa dándole la bendición, con un águila entregándole la estatuilla y declarando que lo ha hecho todo él sin ayuda de nadie. A partir de aquí la gala solo podía ir hacia abajo, pero ha aguantado muy bien antes de llegar al ya habitual e inevitable bajón a partir de las dos horas y pico. Honestamente, las ganas de seguir adelante han durado bastante más de lo que esperaba.
Todos anticipábamos, antes de la gala, una lucha cruenta entre ‘Los Pecadores’ y ‘Una batalla tras otra’ que ha culminado con la victoria de esta última por 6 Óscars contra 4. Cuando la de Paul Thomas Anderson ha ganado montaje, casting, guion adaptado y dirección no había nada que su competidora pudiera hacer, más allá de alegrarse por el premio a Michael B. Jordan, que se lo ha arrebatado a Timothée Chalamet causando la ovación de todo el teatro: la mitad le aplaudían a él, la otra mitad a cualquiera que no fuera el protagonista de ‘Marty Supreme’.

Sin embargo, lo más interesante de la gala no han sido los premios, que más o menos (con la excepción de algunos como mejor casting) han seguido la mayoría de las quinielas. Lo mejor ha sido la dirección de la propia ceremonia, que ha tenido un dinamismo espectacular y muy poco habitual: no en vano su director, Hamish Hamilton, es un habitual de los espectáculos del descanso de la Super Bowl, y ha sabido transmitir esa energía en los dos números musicales que nos han regalado: ‘I lied to you’, de ‘Los Pecadores’ (con la puesta en escena más espectacular de la gala para un número musical probablemente en toda su historia) y ‘Golden’ de ‘Las Guerreras K-Pop’ (que, especialmente en los planos traseros, mostraba una exuberancia visual poco habitual en los Óscar).
¿Es una falta de respeto que solo muestren las actuaciones completas de dos canciones? Un poco. ¿Ha ayudado a que el ritmo de la gala no se resienta y nos ha regalado dos momentazos? Por supuesto. Es difícil ponerse en contra de las decisiones de una Academia que, por una vez, parece haberse modernizado, incluso bromeando constantemente con su propio atraso (los fantásticos sketches sobre la empresa que adapta las películas al móvil, Conan diciendo «six-seven» a las nuevas generaciones «que seguro que están viendo esto por la televisión lineal»). Eso sí, en su afán por ir a toda velocidad, la ceremonia ha caído en un gravísimo error que sus responsables tienen que revisar de cara al futuro.
De acuerdo, sí, los discursos pueden ser aburridos, pero también emocionantes, únicos y pueden ser el único momento de brillar que jamás tendrán sus invitados. No tiene sentido cortar medio minuto aquí y allá cortando la música y bajando la luz a los invitados, dejándonos sin los agradecimientos del equipo tras ‘Golden’ o de uno de los dos cortometrajes que han empatado en su categoría. Es, por cierto, la sexta vez que hay un empate en los Óscar, y como Kumail Nanjiani ha afirmado, «es irónico que los cortometrajes vayan a durar el doble». Sí que le ha dado tiempo, sin cortes, a meter todos los chistes que ha podido en su fantástica presentación, donde ha pedido que se hagan remakes de las películas pero como cortos: ‘It’s a wonderful month’, ‘El tweet del rey’, ‘Some of that jazz’, ‘Call me by your nickname’, ‘Una batalla…’ o ‘El post it de Schindler’. Se nota que los guionistas son tuiteros de la vieja escuela, desde luego.
Uno de los puntos fuertes de este año, por lo que la gala pasará a la historia, es que nadie ha temido hacer el ridículo. Ni el equipo de ‘La boda de mi mejor amiga’ preguntándose «¿Qué es el sonido?», dando lugar a un sketch de humor absurdo impensable cualquier otro año, ni Robert Downey Jr regalándole a Chris Evans el tanga de ‘Magic Mike’, ni la orquesta mostrando su nuevo instrumento en honor de ‘Marty Supreme’: dos raquetas de ping-pong contra un culo. Esta liviandad ha servido para nivelar los momentos emocionalmente duros, como un In Memoriam sencillamente mítico donde han experimentado con el formato y les ha salido francamente bien.
En lugar de dejar el aplausómetro con una actuación triste, en estos Óscar han decidido que los amigos de los fallecidos más importantes les dediquen unas palabras: Billy Crystal ha hablado de Rob Reiner, y todas las estrellas que trabajaron con él han pasado a saludarle en un auténtico Quién Es Quién del Hollywood clásico. Después ha sido el turno de Rachel McAdams, que ha recordado a Claudia Cardinale, Catherine O’Hara y, por supuesto, Diane Keaton («No hay actriz de mi generación a la que no haya inspirado»). Sin embargo, el plato fuerte estaba al final, con Barbra Streisand llorando a Robert Redford, «el vaquero intelectual», y cantándole -un poco entre la preciosidad absoluta y el inevitable cringe- ‘The way we were’. Ojalá todo el mundo tomara nota a partir de ahora, porque ha sido emocionante, bonito y, a su manera, divertido. Tal y como debería ser la celebración de una vida y el llanto de una muerte.
No faltaron los «sutiles» recordatorios de futuras películas de Disney (al fin y al cabo la gala se sigue emitiendo en ABC, propiedad de la empresa) como ‘Vengadores: Doomsday’ o ‘The Mandalorian y Grogu’, con la presencia del bebé galáctico que ni siquiera es capaz de aplaudir (y que alguien ha «secuestrado» en el descanso publicitario, como se ha visto en redes). Pero, por suerte, tampoco han faltado los gags sobre el futuro de la gala en YouTube, interrumpida constantemente por anuncios con Jane Lynch como protagonista, o un hilarante remake de ‘Casablanca’ adaptado a los tiempos de Netflix repitiendo todo una y otra vez. Al quitar todo lo que sobraba y añadir ritmo, la gala ha quedado por debajo de las 4 horas una vez más. Menos mal.

Y en cuanto a los ganadores, ¿qué? Pues no ha habido tanta sorpresa: Michael B. Jordan ha superado a Timothée Chalamet en un sprint apretado al final; Paul Thomas Anderson se ha coronado en el que estaba claro que iba a ser su año; Sean Penn ha ganado su tercer Óscar y ha decidido que no le apetecía ir a recogerlo; Amy Madigan ha dejado claro que su Tía Gladys es la protagonista del año y ‘Sirat’ que nunca tuvo ninguna oportunidad, por más que en Movistar Plus+ hayan intentado hacernos luz de gas con sus categorías de mejor película de habla no inglesa (‘Valor sentimental’) y mejor sonido (‘F1’). Ahora toca desintoxicarnos de Oliver Laxe. No será fácil.
Una gala de los Óscar tiene suerte si nos deja con un momentazo para el recuerdo. Esta ha tenido uno tras otro, desde Javier Bardem diciendo «No to war, free Palestine» ante el aplauso general y frente a una Priyanka Chopra que no sabía donde meterse hasta el reencuentro final de ‘Moulin rouge’ entre Nicole Kidman y Ewan McGregor, con intento de canción incluido. Con el tiempo nos olvidaremos del clásico efecto de sonido de Martin Scorsese (¡Boing, boing, boing!), la continuación del discurso interminable de Adrien Brody o Conan O’Brien dejando su puesto a Mr. Beast, en un gag final perfecto para cerrar la edición. Pero lo que quedará en el recuerdo será el buen sabor de boca de una gala que, después de muchos años de travesía por el desierto, ha vuelto a encontrar su senda gracias al atrevimiento y la guasa pura. Hasta el año que viene. Por una vez, con ganas de ver lo que nos tienen guardado.
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‘Una batalla tras otra’ vence a ‘Los pecadores’ en la mejor gala de los Óscar en una década. Casi todo ha funcionado gracias al ritmazo de un increíble Conan O’Brien
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por
Randy Meeks
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Escrito por Redacción Terra FM
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